La catástrofe generada por el doble terremoto del pasado 24 de junio de 2026 no debe ser entendida como una fatalidad puramente natural ni mucho menos como un castigo divino como algunos fanáticos intolerantes han querido hacer ver. Se trata de algo que, cabalgando sobre un fenómeno natural, deriva de una situación marcada por ausencias e incapacidades burocráticas, corrupción, autoritarismo, desigualdades, primacía de criterios crematísticos y de poder, desconocimiento flagrante de procesos y circunstancias ambientales en torno a las cuales se crean vecindarios, comunidades y asentamientos, y se erigen infraestructuras, de un desequilibrio social y ecológico asociado a maneras de vivir y formas de existencia en el territorio insostenibles.
Como mucho se ha comentado, esta descomunal tragedia que ha golpeado a una parte del pueblo venezolano, ha puesto al descubierto no pocas carencias, deficiencias, vulnerabilidades, arbitrariedades e irresponsabilidades. También ha puesto de manifiesto múltiples esfuerzos de generosa ayuda humanitaria provenientes de distintos rincones de la nación y de otros lugares en el mundo (no incluimos aquí lo que puede calificarse de injerencia encubierta con propósitos de control político, social y económico que lamentablemente también ha estado presente; aunque tampoco es cierto, como han sostenido algunos voceros, que la ayuda internacional responde solo a agendas de desestabilización y dominación geopolítica). Pero por sobre todo queremos destacar el inmenso esfuerzo solidario, de ayuda mutua, emprendido de manera autónoma y con escasos recursos logísticos por muchos grupos de personas, familiares, amigos, vecinos, pescadores, trabajadores, motorizados, estudiantes, artistas, profesionales, deportistas, religiosos, educadores, académicos, gremios, activistas y organizaciones sociales de horizontes diversos, entre otros. Ante el caos, el inmovilismo, la ineficiencia y el autoritarismo oficial, brillaron la solidaridad espontánea y la horizontalidad de la ciudadanía. Esto revela una vez un más dinamismo inscrito en la propia matriz social de nuestro pueblo, con una existencia oculta y exterior a los márgenes de visibilidad establecidos por una percepción de la vida social mediatizada por la cosa institucional. Ese dinamismo surge con más fuerza y adquiere una importancia inusitada en circunstancias catastróficas tales como las del reciente sismo, en las que la integridad del tejido social y el corpus comunitario se ve afectada; en coyunturas como esa aflora y se apropia de una gran parte importante del conjunto social. En efecto, la tragedia creada con la conjunción de variados factores que lastiman el núcleo de lo socio-comunitario, ha hecho posible la visualización de una energía social espontanea que sigue vías alternativas a la institucional y sirve de estimulante al reconocimiento y la dignificación de un vitalismo subyacente en lo más profundo de la existencia popular. Por otro lado, ha impulsado acciones de cristalización de una unión social en torno a vínculos afectivos y emocionales, así como a activar una sociabilidad que emana espontáneamente del cuerpo social. De allí la perplejidad de algunos observadores y analistas ante la efervescencia de un sorprendente y aparentemente no tan habitual sentimiento de confraternidad que surge en el territorio.
Lo acontecido después del doble sismo ha revelado también, una vez más, la existencia de una crisis profunda de la representación política que es testimonio de un divorcio radical entre la lógica que rige las instituciones (bastante precarizadas y reducidas) y los intereses y deseos de la sociedad. Hemos vivido un período en el que la configuración de la cosa política apunta exclusivamente a la autor-reproducción de una burocracia dirigente y unas elites políticas cuya única finalidad es la perpetuación del poder o la conquista de este, pero en ningún caso traduce las demandas generadas en el seno de la vida social. El espacio de la política ha devenido en un simple engranaje gestionado y administrado verticalmente, arbitrariamente, que busca controlar la totalidad de la vida social. La salud, la educación, la familia, el trabajo han venido pasando a la tutela del Estado con modos de vida impuestos. Sin embargo, eso coexiste, en una contradicción permanente, no resuelta, con una variada gama de universos simbólicos que de manera más o menos soterrada subsisten y resisten en los imaginarios y el patrimonio colectivo. A la situación actual también han contribuido constantes desregulaciones, nuevos espacios de desorden, resultantes de los intentos de absoluto control de la vida social, paradójicamente llevados a cabo en un contexto de progresiva desinstitucionalización. Los hechos insinúan una dinámica social de manera co-participativa a través de sociabilidades alternativas que nacen, renacen y se enfrentan a la tutela de las instituciones gubernamentales (ahora también foránea), a sus errores, trabas, insuficiencias, incapacidades y corrupciones. Dicha dinámica reafirma una vitalidad en la que se expresa la fuerza de lo social. Revaloriza la disposición auto-organizativa que subyace en la sociabilidad popular, muestra la posibilidad de auto-institucionalidad alternativa, estimula el reconocimiento de la posibilidad de una autonomía y de una soberanía de lo social. Permite vislumbrar una transición de lo social de un punto exógeno a un punto endógeno o, dicho de otra manera, la suposición de que la entidad organizadora pueda emerger e imbricarse en lo social en lugar de considerar que ella debe estar separada y que su existencia le antecede.
Las primeras manifestaciones de la catástrofe, particularmente en La Guaira, desencadenaron una cooperación insólita. Largas filas de personas, voluntarios y voluntarias, provenientes de diferentes lugares y distintos sectores sociales, se concentraron ante las edificaciones e infraestructuras colapsadas o altamente dañadas para un esfuerzo común, remover escombros, socorrer a los heridos, tratar de salvar vidas, localizar, consolar y ayudar a los sobrevivientes, repartir agua, comida, medicinas y ropa. Esa dinámica no estuvo estimulada por las instituciones. Por el contrario, se vio obstaculizada por efectivos militares y miembros de cuerpos de seguridad, por el intento burocrático de frenar la oleada masiva de personas que querían integrarse a la coparticipación y aportar su colaboración (cabe no obstante destacar como excepción la actuación de los bomberos que, con una dotación tremendamente menguada, unieron esfuerzos denodados con ciudadanos, paramédicos y rescatistas nacionales e internacionales). Cadenas humanas se formaron teniéndose de la mano en las zonas afectadas, expresando un sentimiento reivindicativo y de denuncia contra la actitud demostrada por la administración. De esta manera, el paisaje de ruinas y desolación adquirió un rango simbólico que connota un signo de pertenencia, de identificación, se transformó en un emblema alrededor del cual se juntaron un sentimiento y una actitud común. Asistimos también al nacimiento de las figuras de mártires y héroes (frutos de la facultad de mitologización presente en todas las culturas), que han devenido en personajes míticos o cuasi-míticos en torno a los cuales un sentimiento de tristeza o reconocimiento colectivo del sacrificio, transmitido a través de una especie de contagio afectivo, se aglutina. Entre los primeros podemos citar de manera emblemática el caso de los gemelos de 3 años de edad Matías y Mateo Peña, hallados muertos en Tanaguarena; entre los segundos podemos mencionar los casos de Ibrahim Eser, ciudadano de origen turco que rescató con sus propias manos a más de 30 vecinos tras haber salvado a su familia; o el del perro Tsunami, de raza Border Collie, salvado del abandono y el maltrato severo, y luego entrenado, que se destacó conmovedoramente localizando sobrevivientes entre los escombros. Por otra parte, es necesario también poner de relieve la figura de los voluntarios que adquirió un notable carácter de componente ennoblecedor, connotando una dimensión heroico-moral consolidada por su desinterés en recibir cualquier recompensa económica por su trabajo de sacrificio; en un contexto de penuria económica, estos voluntarios han reafirmado su rechazo a ver identificado su trabajo con la concepción clásica del trabajo. Su principio de base ha sido todo lo contrario, el aspecto moral dado a su ocupación, el deber que ha impulsado la decisión de colaborar de diferentes formas. Nos consta, y así lo muestran también muchos testimonios, que personas que han ofrecido sus esfuerzos en una onda expansiva para labores nada gratas, penosas, en medio de escenas de dolor, horror y hasta de nauseas, han experimentado una cierta sensación de bienestar, lo que pudiéramos llamar un sentimiento complejo de redención con respecto a actitudes instaladas en la vida colectiva e individual que se han hecho habituales. Esto revela la recuperación de un valor y de un sentido de ciertos aspectos de la vida eclipsados por la monotonía y la vaciedad de ciertas de reglas de vida impuestas como patrones dominantes.
La respuesta de la gente ha sido también reveladora de un equívoco de cierta sociología que consiste en identificar de manera absoluta y simplificadora la cosa social con la cosa institucional. En efecto, existe un espectro de la vida social colonizado por el dominio institucional, pero detrás de él se encuentra una centralidad subterránea, latente, que actúa y se agita al margen de los límites de lo que es estrictamente formal, que se resiste a la sumisión y el estrangulamiento, incluso en épocas no marcadas por la crisis. Lo institucional oculta y trata de impedir la visualización de ese mundo. Pero hemos visto como en una situación de catástrofe emerge ante la incapacidad institucional. Así, de forma progresiva, un sentimiento de solidaridad y comunidad fue naciendo.
Nuestra interpretación de la prueba de solidaridad inducida como consecuencia de la catástrofe, originada con los dos terremotos, pone el acento en la fuerza de la sociabilidad que se despertó. En una sociedad en la que los referentes ideológicos y morales se han desdibujado, donde no se distinguen objetivos históricos claros a los cuales adherirse, la circunstancia de tragedia ha hecho posible, en particular pero no exclusivamente para gente joven, un cierto sentimiento de protagonismo histórico y épico, sostenido en una participación, en una vivencia con los otros, en una experiencia común que favorece un fuerte lazo de confraternidad en cuya conformación han jugado un papel muy importante las emociones, las sensaciones y las sensibilidades compartidas. Surgiendo de la adversidad, el compromiso en torno a un ideal solidario ha sido capaz de mantener durante varias semanas un vínculo socio-comunitario.
Los tiempos reclaman ahora medios individuales y sociales innovadores y alternativos tendientes a resolver los problemas, deficiencias, carencias, desigualdades e injusticias que nos aquejan. La reacción espontánea y enérgica de muchos ciudadanos y ciudadanas ante la catástrofe, muestra a la vez un déficit en la construcción de lo social y una energía, un referente fundamental a ser considerado a la hora de cambiar este orden corroído de cosas, de trascender la crisis sistémica que agobia a Venezuela desde hace años y de posibles contribuciones locales a la crisis civilizatoria que enfrenta el mundo contemporáneo, ofrece larvariamente grandes posibilidades de transformación emancipadora. En este sentido no hablamos de un mero cambio de un estamento socio-político por otro, de un relevo de élites o de un nuevo pacto entre ellas, nos referimos a una transición societal multidimensional que involucra debates verdaderamente democráticos y propuestas concretas relativas a imaginarios, percepciones, valores, horizontes socio-históricos y eco-sociales, formas de ocupación del territorio, tecnologías, dinámicas económicas, relaciones entre los ciudadanos y entre estos y la naturaleza, articulaciones con otras sociedades, vale decir modos de vida y de concebir la vida social.