El oro negro que ilusionó a un país: ¿la fiebre petrolera no salvará a Venezuela?

Pozo petrolero abandonado. Foto: OEP 2022
febrero 6, 2026

Una versión original de este artículo fue publicada en el portal Econews

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La madrugada del 3 de enero, el estruendo de las bombas sobre Caracas parecería ser el ruido del eco final del último capítulo de una larga novela. Una novela de casi un siglo de promesas incumplidas, de riqueza despilfarrada y de una dependencia que ha moldeado, deformado y finalmente quebrado a una nación. Mientras veía desde mi ventana las columnas de fuego y humo elevarse, una pregunta persistente resonaba entre los gritos nerviosos de mi compañera: ¿Cómo un país bendecido con las mayores reservas petroleras del planeta terminó sumido en una profunda crisis multidimensional?

No existe una respuesta simple; no se puede analizar basándonos en los últimos meses, ni siquiera en la última década, sino en la tóxica relación de Venezuela con su petróleo, un romance que pasó del idilio al desencanto y finalmente a la ruina. Hoy, mientras la administración Trump afirma que se ha hecho con el poder real del país y presiona a sus gigantes petroleros para que «planten banderas» en este nuevo «faro de oportunidades», es imperativo entender que esta no es una simple noticia geopolítica. Es el último capítulo de una historia centenaria de extractivismo, una que ha sacrificado el agua, la tierra y el futuro de millones en el altar de la modernidad y el mito de El Dorado, el nuevo oro negro, que no brilla ni reluce, sino que es negro y viscoso.

Del «reventón» al rentismo: los cimientos de una maldición

La historia petrolera venezolana nació, de manera premonitoria, con un desastre ambiental: el «Reventón del Barroso II«, en 1922. Diez días de crudo descontrolado, una mancha de 740 hectáreas y la transformación progresiva del Lago de Maracaibo, producto de constantes derrames, construcciones industriales, y vertido de aguas residuales en una cloaca petrolera. Fue la primera señal de que la bonanza tendría un costo, uno que siempre se pospondría en nombre del progreso.

Dos visiones intentaron advertir sobre los peligros de esta dependencia:

Arturo Uslar Pietri y Sembrar el Petróleo: propuso invertir la renta en diversificar la economía, especialmente la agrícola, ante la certeza de que el recurso era finito. Su advertencia en La Fiesta de Baltasar fue profética: el banquete terminaría abruptamente cuando el petróleo dejara de fluir.

Juan Pablo Pérez Alfonso y El Excremento del Diablo: el padre de la OPEP fue más allá. Vio la renta petrolera como un factor corruptor de las instituciones y la sociedad, creador de una economía enferma e incapaz de sostenerse por sí misma. Sus palabras, en su momento tachadas de exageradas, hoy suenan a diagnóstico preciso y profeta desoído que clamaba en el desierto.

Sin embargo, el Estado-Nación venezolano se construyó sobre la lógica opuesta: la del petro-estado rentista, que permitió someter a los innumerables caudillos y dio la fuerza suficiente a las instituciones para consolidar un poder centralizador. La nacionalización en 1975, bajo una lluvia de petrodólares, consolidó un modelo donde PDVSA se convirtió en el corazón financiero del país, subsidiando todo y afincándonos en la terrible “enfermedad holandesa” que entumece las fuerzas y capacidades productivas de un país. El «Viernes Negro» de 1983 fue la primera gran grieta: el país se dio cuenta de que no sabía vivir sin el chorro constante de dólares. La «Gran Venezuela» era un castillo de naipes y colapsó, el primer momento de esta crisis, que sería prolegómeno del capítulo que recién parece haber terminado.

El colapso: cuando la fiesta termina y queda el desastre

El proceso político iniciado hace dos décadas no rompió con este modelo; lo llevó hasta el que nunca vistos. Al despilfarrar los ingresos de PDVSA en inversiones y gastos ajenos a sus fines empresariales, desmantelar su experticia técnica y apostar todo a una producción costosa y compleja de crudos extrapesados de la Faja del Orinoco (abandonando alternativas como la Orimulsión), ató el destino del país a un mercado de precios altísimos y a una inversión insostenible (que nunca se ejecutó). La caída de los precios en 2013 fue el detonante de un colapso que ya se gestaba.

Hoy la realidad es esta:

La crisis climática global, que exige una transición energética urgente, convierte la obsesión por recuperar la producción de ayer en un ejercicio de nostalgia peligrosa.

La «nueva apertura»: ¿mismo diablo con distinto sombrero?

El reciente espectáculo en la Casa Blanca, donde Trump presionó a ejecutivos petroleros para que inviertan $100 mil millones en Venezuela, es un déjà vu grotesco que recuerda más una campaña de políticos locales que un plan bien estructurado. Las grandes compañías, resentidas por expropiaciones pasadas, son cautelosas. Exxon y ConocoPhillips exigen garantías jurídicas que el país, en su actual disolución institucional, no puede ofrecer. Incluso Chevron, el socio histórico, prefiere mantener un perfil bajo.

La realidad técnica y económica es abrumadora: el crudo extrapesado venezolano es costoso de extraer y refinar, y requiere un mercado de precios altos para ser rentable. Trump ha hablado de llevar el petróleo a $50 el barril, un nivel que haría inviable cualquier inversión seria. Además, las petroleras tienen hoy opciones más seguras y lucrativas, desde el offshore en el Golfo de México hasta los enormes descubrimientos en la vecina Guyana.

Sin embargo, se observan cambios a lo interno de la dinámica política del país, que parece buscar estas inversiones y reducir las reticencias de las empresas norteamericanas. La nueva reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, más abierta a la participación privada que las disposiciones existentes previamente a la nacionalización de 1976, así como diversas exenciones fiscales o una flexibilidad impositiva que no existía desde hacía décadas. Así se observa un viraje que espera atraer a estas inversiones extranjeras, que reactiven la industria petrolera y hagan fluir, nuevamente, el oro negro y los petrodólares. 

La promesa trumpista no es un plan de desarrollo para Venezuela; es un espejismo de renta rápida que ignora por completo la sostenibilidad, el ambiente y el futuro. Es la misma lógica extractivista, ahora con bandera diferente, que busca sacar la mayor cantidad de riqueza en el menor tiempo posible, dejando atrás los mismos pasivos: contaminación, deuda social y una economía aún más dependiente.

Más allá del extractivismo, la única salida

Venezuela se encuentra en una encrucijada existencial. Puede seguir el llamado de sirenas que prometen resucitar un modelo moribundo, ya sea bajo consignas nacionalistas o bajo nuevas banderas de inversión extranjera, condenándose a seguir escribiendo un capítulo más en esta larga y trágica novela del país rentista y dependiente de los combustibles fósiles.

O puede, finalmente, empezar el doloroso pero necesario proceso de mirar más allá. Esto implica:

  • Reconocer el colapso terminal del petro-estado y la inviabilidad de reconstruirlo en un mundo en transición energética.
  • Asumir la deuda socioambiental: iniciar un honesto y costoso proceso de remediación de los ecosistemas destruidos (lagos, ríos, suelos).
  • Escuchar las alternativas ya existentes, pensar y fomentar modelos alternativos; hay semillas de un modelo productivo distribuido, sostenible y resiliente.
  • Priorizar el agua sobre el crudo: en un país con crisis hídricas recurrentes, proteger las cuencas y repensar el uso industrial del agua no es un tema «verde», es de seguridad nacional.

El petróleo fue nuestro pasado, y ha sido un presente desastroso. No debe ser nuestro futuro. El mito de El Dorado nubló nuestras perspectivas y nos llevó a una locura desenfrenada de corrupción y despilfarro. La tarea ahora, urgente y colosal, es dejar de buscar al salvador en el próximo boom petrolero y empezar a construir, desde las cenizas, un país que pueda sostenerse sobre sus propios pies, en armonía con su tierra y su gente. El primer paso es dejar de soñar con el oro negro y despertar a la realidad.