Venezuela: en la eterna búsqueda de El Dorado

La mítica ciudad de «Manoa del Dorado», a orillas del «Lago Parime», en una representación de 1599. Bridgeman Images
enero 27, 2026

El Dorado es el mito que está más arraigado en la conciencia nacional venezolana. Este ha forjado las formas en que se ha entendido la economía y las actividades productivas en el país, sometiéndonos a ciclos históricos interminables. Este mito ha trascendido a la sola actividad minera, si no que cubre toda nuestra visión sobre la prosperidad y la economía; es el equivalente al “American Dream” norteamericano, la externalización del “volksgeist” hegeliano.  

Desde el principio de la conquista y colonización hispánica, el territorio de lo que hoy es Venezuela fue campo de extracciones altamente depredadoras. La primera ciudad que se fundó, Nueva Cádiz, en la árida y hoy despoblada isla de Cubagua, se sostuvo con la explotación masiva de los bancos perlíferos usando mano de obra aborigen esclavizada; con métodos bastante artesanales. La ciudad empezó a poblarse entre los años 1500 y 1515; pese a esta explotación artesanal, fue tan intensa y masiva, que para 1531 se evidenciaron los primeros signos de agotamiento de las ostras y en 1537 empieza el progresivo despoblamiento. 

Mientras esta devastación se daba en el Caribe oriental venezolano, los conquistadores realizaban expediciones de rescate, que era el término utilizado para los intercambios desiguales y el saqueo de bienes realizado por estos. Estos rescates motivaron a los indígenas a recurrir a cuentos que formaron el mito de El Dorado; sobre un lejano reino donde el oro era tan abundante, que saciaría la sed de riqueza de los europeos. Los Welser enfocaron todas sus energías y esfuerzos en conseguir El Dorado afamado, fracasando estrepitosamente e incumpliendo la capitulación entregada por la corona castellana. Este mito impulsó las aventuras más alocadas, arriesgadas, sanguinarias y autolesivas que se han visto en nuestro territorio.

El Dorado nunca fue hallado. Los primeros años de la conquista se encontraron las exiguas minas de Buría, Baruta, Los Teques, Petaquire; pero rápidamente se agotaron. Venezuela no era el país de El Dorado; no había fabulosas riquezas ni culturas complejas que hubiesen desarrollado una metalurgia y explotado importantes minas. Así, las provincias que conformarían a Venezuela en el futuro serían de las más pobres del imperio colonial hispánico; teniendo un carácter más de frontera con otras colonias europeas y hacia los desconocidos. Se formarían establecimientos rurales, poco, poco poblados y bastante precarios. Pese a las descripciones de tierras fértiles y aptas para el desarrollo agrícola y ganadero, durante 200 años no hubo un impulso a esta economía y la población permaneció lánguida y estancada.

En su Instrucción General y Particular, Pedro José de Olavarriaga se queja de que las fértiles tierras de Venezuela están poco cultivadas por la flojera de los habitantes que se conforman con la abundancia natural que da la tierra. Iguales quejas expresará el primer autor de un texto de Historia de Venezuela, José de Oviedo y Baños. Pero esto cambiaría a mediados del siglo XVII con el boom de la economía del Cacao, que generará en los pocos propietarios y dueños de esclavos, una importante riqueza material, dando un término en el argot popular de “gran cacao” a quienes son poderosos económica y socialmente. La aparición del cultivo comercial del café fue poco a poco ganando terreno, pero luego del colapso económico de la Guerra de Independencia, el arbusto de café tomó el control de la economía.

El café es una planta que madura en un tercio del tiempo que tarda el cacao y su producto, más abundante, estaba mejor cotizado en los mercados internacionales. Rápidamente, esta planta se convirtió en la nueva fuente de ingresos para los propietarios agrícolas, pero también para arrendatarios y ocupantes precarios de tierras estatales o de otros propietarios. El café se volvió la nueva fuente de riqueza para el país; por lo cual casi todos los agricultores se volcaron a su cultivo, que además motivó la expansión de la frontera agrícola hacia tierras marginales anteriormente como laderas de las montañas y tierras altas poco explotadas. 

Es importante observar como durante este siglo, el cultivo de otros rubros se estancó o incluso disminuyó, concentrándose la mayoría de las personas con acceso a tierras o su propiedad a la siembra del café. Cunill Grau en su Geografía del Poblamiento de Venezuela en el siglo XIX señala que incluso en tierras por debajo de los 500 metros de altura, se intentó el cultivo comercial del café. Se podría decir que había una fiebre del oro cafetalera, pese a las constantes fluctuaciones del mercado que generaban caídas de precios e inseguridad. Es observable en la Recopilación de Leyes de Venezuela, que tanto en tiempos de paz como durante los conflictos civiles, se otorgaban exenciones a la importación de maíz y otros productos alimenticios, porque la agricultura venezolana no producía suficiente para alimentar a su población, pero sí se mantuvo una importante producción de café para exportar.

Aquí vemos dos rasgos interesantes. Un grupo de población, la terrateniente, minoría social y encabezada por el propio Estado y sus funcionarios; quienes vivían de las rentas que cobraban por el uso de la tierra. El otro, la inclinación casi compulsiva por el cultivo que más dinero generaba, relegando incluso los que producían la propia subsistencia o que abrían mercados internos o dinámicas distintas. Otros cultivos comerciales no tendrán tanto éxito como el café y poco a poco serán relegados como complementarios a este. Aunque existen eventos que quiebran esta normalidad, pero refuerzan las observaciones sobre el comportamiento. 

Finalizando la Guerra Federal, a principios de 1863, estando la Guerra Civil de Estados Unidos en apogeo, los precios internacionales del algodón se habían disparado. Muchos agricultores y poseedores de tierras aptas para su cultivo, se volcaron a la producción masiva de este, hasta 1865 cuando los estados Unionistas vencen a los Confederados en la nación norteña; los precios caen y se registra una quiebra masiva de productores agrícolas, que habían volcado todas sus energías a este “evento dorado” que les genero cuantiosas ganancias por el lapso de dos años y luego le arrastraría a la ruina. 

Otro evento curioso se observa a finales de la década de 1850 con el boom del cuero y del tasajo producto de los conflictos de la Confederación Argentina con Francia e Inglaterra; revalorizando dichos productos. Cunill Grau reseña en la Geografía del Poblamiento Venezolano del Siglo XIX como el rebaño de los llanos orientales había sido exterminado en 1858 en postrimerías de la Guerra Federal, producto de las matanzas indiscriminadas para obtener su cuero y carne. Un “evento dorado” que muestra como incluso, contra la lógica económica ganadera de aumentar el rebaño para obtener mayor ganancia a largo plazo, fue aplastada por la perspectiva de prosperidad y riqueza inmediata en un evento fortuito. 

Ver también: El reventón del Barroso II y el mito de la modernidad en Venezuela

Hay otros ejemplos, como un segundo boom perlífero en Margarita y su rápido agotamiento, o el más documentado y brutal boom cauchero en la cuenca del Amazonas. Eventos que parecían confirmar que El Dorado, si pudiera existir, no sería esa mítica ciudad de oro, pero sí el encuentro con una fuente de riqueza que esperaba allí para ser tomada, saqueada y aprovechada por el audaz aventurero. El mito pareció hacerse realidad cuando se descubrió que Venezuela poseía fastuosas reservas de petróleo, el nuevo oro negro del Siglo XX, especialmente en el Occidente del país. El reventón del pozo Barroso II que provocaría una catástrofe ambiental, se volvió una efeméride nacional que anunciaba que, por fin, ahora sí, encontramos El Dorado.

La economía e historia del país cambiaron radicalmente, a partir de aquí se habla de la Venezuela Petrolera, como un nuevo período histórico diferenciado de todo lo anterior. Nace y se alimenta otro poderoso mito, el de la modernidad. Ahora nuestra sociedad empieza a creer que El Dorado no era una ficción, existía, no estaba escondido entre las selvas, no había que trabajarlo en el campo, estaba bajo tierra y había que extraerlo. Poco a poco el país se vuelve a un nuevo frenesí, no es una fiebre del oro, es la fiebre petrolera, la que desarraiga a los campesinos otrora sometidos por sus antiguos amos y los empuja a la ciudad, a cobrar mejores sueldos. Las zonas petroleras como Cabinas Paraguaná, Cumarebo, Casicure, los llanos de Maturín, de la Mesa de Guanipa se empiezan a poblar, extensas regiones semiáridas, poco pobladas, ven nacer urbes y barriadas desorganizadas que se forman en torno a los campos petroleros y las instalaciones industriales.

El mito de la modernidad, de la Venezuela potencia, empezaba a nacer. Nos creímos que esa riqueza nos llevaría al primer mundo. Algunos economistas advirtieron un problema, el campo era abandonado, el petróleo era limitado y temiendo que sucediese como el caucho, las perlas u otros productos sobreexplotados en el siglo XIX; advirtieron el peligro. Así aparecen las voces críticas como Alberto Adriani y Arturo Uslar Pietri, que convocan a un retorno al agro, a Sembrar el Petróleo. Otros readaptan la propuesta, el dinero fabuloso que genera este producto sería invertido para mejorar las condiciones materiales del país, para ampliar la producción y convertirnos en un país del primer mundo.

Ver también: El dilema de hablar de una Venezuela Pospetrolera: una revisión histórica parte I

La readaptación del lema se vuelve un mantra nacional, tan arraigado que hoy es difícil encontrar intelectuales que escapen a esa idea, mucho más complicado encontrar en la gente común alguna visión alternativa. Los venezolanos estamos convencidos de que el petróleo es la salvación, a pesar de las continuas evidencias de su inestabilidad, del despilfarro que se ha hecho y de los costos socioambientales que ha generado. Incluso, en tiempos en el que las economías petroleras están en su etapa final de existencia, sea porque la política por fin reaccione ante la crisis climática, o porque las consecuencias de esta, en unas dos o tres décadas, empiece a obligarnos a abandonar definitivamente la quema de combustibles fósiles.

El mito de la modernidad también se ha desmoronado frente a nuestros ojos; la riqueza petrolera nunca nos llevará a la modernidad, en cambio, acelera los procesos de descomposición social y entumece las fuerzas productivas de la sociedad. Lamentablemente, este mito caló con mayor fuerza en nuestra visión de vida que el propio mito doradista, que se pensó ya alcanzado y superado. Es imprescindible empezar a entender esta situación, para abordarla y poder pensar una Venezuela diferente y las alternativas contingentes al mundo que se va formando en el horizonte, al cual difícilmente podremos adaptarnos si nos mantenemos anclados a estas visiones legendarias de nuestro propio país y fortuna.